Los trágicos  y posiblemente,  criminales hechos  ocurridos en  Puerto  Leguízamo,  Putumayo, en los que pudo haberse ejecutado una masacre perpetrada por miembros  de la fuerza pública, es decir una masacre de Estado

y en la que resultaron asesinados  11  civiles,  incluyendo  mujeres  y  niños,  enlutan a  todo  el  pueblo  colombiano  y  despiertan nuestra indignación total.  

El  informe  periodístico  realizado  por  El  Espectador,  el  portal  Vorágine y  Cambio  plantea la hipótesis de que militares colombianos actuaron por fuera de todo protocolo operacional y  normatividad al usar vestimentas  negras  para  no  ser identificados. Se  habrían presentado  como  guerrilleros,  no como  miembros  del  Ejército,  además de  manipular los cuerpos de sus víctimas. De ser esto cierto, estaríamos ante un caso más  de la política de la muerte y de los falsos positivos que el gobierno actual ha revivido y  que fue ampliamente ejecutada en los gobiernos de Álvaro Uribe Vélez. 

Quince  años  después del  horror  de  las  ejecuciones  extrajudiciales,  estaríamos repitiendo una historia que nos causó una vergüenza mundial y que nos obligó como  país a jurar “nunca más”. La constitución dice que la fuerza pública tiene el monopolio  de la fuerza y que sus armas solo pueden usarse para defender la vida, honra y bienes  de todos los ciudadanos. Esas armas no pueden dirigirse hacia ciudadanos inermes y  menos si se trata de mujeres en estado de embarazo o niños. Los militares no pueden seguir siendo el brazo armado de un partido político que encuentra en la guerra la base  de sus discursos y de su pseudo contenido ideológico. No podemos permitir que esta  sea una condena eterna a la que nos sometan los políticos que, desde sus privilegios ordenan la ejecución de civiles y el uso político de la fuerza pública.

Desde el Nuevo Liberalismo, creemos que ya es hora de acabar con la fracasada, nefasta  y  sangrienta guerra  contra  las  drogas.  Las  víctimas mortales  de  esta  guerra  son  los  pobres, los jóvenes y los negros. Se ha convertido en el marco sobre el cual las masacres  de Estado o los falsos positivos adquieren valor. Mientras esta siga presente dentro de  la política de seguridad, la muerte será la constante y la excusa para perpetuar en el  poder  a  fuerzas  que  hacen  de  la  guerra  la  principal  justificación  de  su  propaganda  política. Además, necesitamos gobiernos que dejen de escudarse en la guerra para dejar  de  gobernar,  pues mientras más  guerra  y  política  de la muerte  haya, menos  Estado  tendremos  en  los  territorios  y  menos  esfuerzo  habrá  por  parte  de  nuestras  instituciones  por llevar  educación,  salud,  carreteras  y  desarrollo. Mientras la guerra  contra las drogas y su política de la muerte sean hegemónicas, será visto como justo que  el ejército entre a matar sin preguntar, como a muchos les encanta y la vida nunca será  la prioridad.

Autor: Juan Manuel Galán Pachón